Las Gotas

Por: Manuela Jaramillo Salazar

(Escuela Normal Superior de Caldas)

Y sí, ahí estaba, en su cuarto, en su ventana…miraba como bajaban las gotas prestas a ganar la carrera. Le encantaban los días lluviosos porque podía ir a su ventana y ver como las gotas competían entre sí.

Miraba las gotas con toda atención, haciéndole barra a la gota que al comenzar a descolgar el vidrio era la más delgada. Sabía que esa gota necesitaba de otras para poder ganar, porque en la carrera hay gotas que se unen a otras para avanzar y llegar victoriosas al final. Un húmedo trabajo de equipo.

Un día que se disponía a contemplar una gran carrera, observó a través de una goterilla, que tomaba un descanso, pasar al que sería el amor de su vida. Sus miradas atravesaron a un mismo tiempo la pequeña gota y, entonces, supieron que algo trasparente y efímero los unía. Sin hablar se dijeron mil cosas, pero la tormenta pronto terminó y él desapareció con ella.

Una noche de lluvia se volvieron a ver. Ella sabía que tenían mucho en común, a los dos les gustaba ver llover y si la tormenta lo ameritaba, les gustaba sentir el agua de la lluvia recorrer sus cuerpos. Esta vez ella salió al pórtico y, como si se conocieran de siempre, comenzaron a hablar. Se dijeron sus gustos, sus miedos, se dijeron las cosas que en verdad importan. Sin embargo, antes de que terminara de llover, él se fue sin decir a dónde iba o de dónde venía, ella tampoco se lo preguntó, ¿para qué saber esas cosas? La lluvia los unía y eso era lo que importaba.

El aciago destino tenía preparado un tiempo de sequía, que según el instituto meteorológico duraría al menos un mes. Una devastadora noticia. Pero como en esta parte del mundo el servicio meteorológico rara vez acierta, una noche en la que ella dormía, sintió el golpe de la lluvia dar contra el techo y la ventana. Era la tormenta más espléndida que se hubiera registrado en Manizales. Se incorporó y se asomó a la ventana. Miró la carrera frenética de un par de gotas que parecían quererlo dar todo, pero una de ellas tomó intempestivamente el camino equivocado, mientras la otra le sacó ventaja para llegar al marco de la ventana y confundirse entre el agua que escurría. Como el primer día, apareció aquel joven de mirada sombría, con sus ropas oscuras y tez pálida.

Ella salió. Se miraron, se abrazaron y sin decirse nada, estuvieron largo tiempo en un elocuente juego de sonrisas y miradas furtivas, mientras el agua les acariciaba la piel, las sonrisas y el alma. Caminaron juntos bajo el majestuoso vendaval tomados de la mano. La felicidad los inundaba.

Sin embargo, la palabra felicidad no está hecha para durar. Él soltó su mano, y caminó en dirección a un arroyo. Ninguno de los dos se dio cuenta que en sus rostros las lágrimas también jugaron a las carreras. Cuando llegó al arroyo se empezó a disolver. La chica observó cómo su amor se diluía y corría junto al agua lluvia de ese triste arroyo, sin terminar de mezclarse con él. Sabía que esa era una despedida. Por primera vez se iba en la parte más pomposa de la tormenta. Estaba acongojada de ver cómo se alejaba, pero a la vez se sentía emocionada de verlo competir libre y sagaz. Era la carrera más emocionante que hubiera visto.

Hoy, tanto tiempo después, sigue mirando llover en su ventana. Espera que una nube traiga a su amor a gotear. Pero es consciente que la lluvia solo te empapa una vez, aunque vengan otras tormentas.

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