La otra historia del Carnaval en tiempos de Pandemia

Por: Sergio Leonardo Alzate Hoyos

En estos días de pandemia muchos municipios se vieron abocados a cancelar sus festividades tradicionales. Algunos se acoplaron a las nuevas tecnologías e hicieron grandes esfuerzos para preservar sus tradiciones. Sin subestimar la odisea colosal de la gestión cultural, surgen preguntas relacionadas con los efectos individuales y colectivos que puede traer el nihilismo cultural en que están inmersos aquellos pueblos que dejaron en el limbo sus tradiciones. De antemano, quiero decir que no busco trasgredir la dictadura de la bioseguridad, ni tampoco voy hablar de teorías conspirativas que buscan menguar la explosión demográfica. Honestamente quiero plantear reflexiones en torno a la ausencia de las tradiciones que cumplen un papel identitario, ritualístico y hasta terapéutico para los pueblos.

 

Plantear preguntas sobre la ausencia del Carnaval para este 2021 implica pensar que a los Riosuceños no los mantiene unido una función laboral ni económica, sino una función cultural que gira alrededor del Carnaval. Dicha festividad es el impulso social que necesita esta comarca para escapar por seis días de la miseria social, oprobio cotidiano, es también el que libera las ataduras del cuerpo y las necesidades del espíritu. ¿Qué puede pasar cuando caen en el vacío, años de historia y tradición? Es importante resaltar que los rituales son enormes significantes que permiten que una comunidad reconozca sus signos de identidad. Ciertamente, a los que viven este ritual no se les tiene que precisar la buena reputación del diablo riosuceño y su nula incumbencia en menesteres religiosos.

 

Todas las manifestaciones que atañen al carnaval como son el diablo, las cuadrillas, la alborada, las máscaras, son elementos  integradores y constituyen un complejo y festivo mito que explica y recuerda el origen de un pueblo, celebra la convergencia de las etnias en los procesos políticos y culturales vividos. No podemos olvidar que los pueblos sin rituales culturales desgastan paulatinamente la comunidad dejándola en un vacío simbólico. El gran filósofo coreano Byung Chul Han, en su libro La desaparición de los rituales, menciona: ‘‘Los rituales son al tiempo lo que la morada es al espacio’’. En otras palabras, la rueda del tiempo se suspende cada dos años para habitar por unos días la Perla del Ingruma, Por consiguiente, la desritulizacion es la supresión del armazón del tiempo que les da estabilidad social a los pueblos. Por esta razón, cuando las comunidades construyen un complejo entramado de símbolos que le otorgan sentido a su temporalidad y rompen este ciclo, eso significa claudicar a los actos genuinamente humanos que hace que la vida sea festiva y mágica.

 

Si la tendencia mundial es volver más exiguos los sentimientos comunitarios, en el Carnaval no existen barreras entre los participantes, no hay odios, nirivalidades, durante la fiesta todos son iguales para festejar su unión. Recordemos las palabras de Arcesio Zapata Vinasco: “El carnaval es entonces la democratización de lo lúdico y recreativo en toda la creación popular. El carnaval se afirma sobre dos grandes espacios que le dan sello a la democracia: la calle y la noche. Una festividad cuya esencia está determinada sobre estos dos elementos es la combinación perfecta. Es la igualación de todas las edades, sexos, riquezas’’.

 

Los rituales generan una comunidad de resonancia con ecos horizontales. Hoy en día el mundo vive una crisis de resonancia producto del confinamiento y el encierro, por lo tanto, es necesario administrar vacunas de carnaval para evitar el vacío y la depresión que encapsula irremediablemente a los hombres. ¿Si los carnavales andinos son una forma de exorcizar las violencias internas o los instintos tanáticos, dónde se va hacer la catarsis colectiva que con el influjo del gurapo y la chirimía los propios y foráneos tradicionalmente hacen bajo la sombra del Ingrumá?. No me imagino el desfile de caras largas y aburridas los siguientes meses del año, por las avenidas de este territorio, sin duda alguna, este cerro que nos defiende contra los avatares del tiempo será el testigo de la congoja de un pueblo. Martha Nussbaum en su Interpretación de la tragedia de Troya dice que lo más importante es la trasformación de las furias en la solución del conflicto. La ira, el odio y la venganza se humanizan incorporándose al sistema legal. No se eliminan. La presencia de las furias sigue siendo necesaria ya que el mundo es imperfecto y siempre habrá crímenes. En Riosucio, las furias se instalan en la república carnavalera para dejar que fluyan a través de la palabra, la máscara y la danza. Es triste decirlo, pero en este 2021 ya no hay cuadrilla que nos ayude a salir de la vorágine de sentimientos que deja este año de agonía y mal humor. El riesgo de dejar un pueblo a merced de la nada es que dichas furias moraran en los cafés, los parques, los cementerios y hasta las iglesias

 

‘Los rituales son actos simbólicos que regulan el tránsito de la vida y la muerte, los sujetos se subsumen en una conciencia colectica que es la que crea comunidad.¿Pero que pasa cuando los primeros días del año no hay alegre despertar y no hay entierro del calabazo?. Mejor dicho, se disuelve la metáfora del gran misterio que va del útero al cementerio. A dónde se marcharán esos recambios pulsionales o aquellas emociones que empañan el lente de la alegría. Spinoza llamaba emociones tristes al odio, la venganza, el resentimiento, la envidia y el miedo, y emociones amables o plácidas a la benevolencia, la civilidad, la compasión, el respeto y la simpatía. Cada comunidad adopta un determinado balance emocional entre estos dos abanicos emocionales, de lo cual obtiene su identidad cultural. Ahora bien, sin la homeostasis necesaria se corre el riesgo de que las emociones tristes se amalgamen como un cristal afectando el temperamento local.

 

El filósofo anteriormente mencionado comenta que la vida está impulsada por una fuerza interior que se denomina Conatus, que no solamente está presente en los humanos sino que hace parte de la vida en general. Este Conatus se manifiesta en el deseo del hombre y este a su vez es lo que alimenta la necesidad de carnaval. La ética del que espera dos años para vivir este ritual, es la ética de impulsar la vida para reducir la tristeza. Es la ética de la máscara contra la congoja. La ética musical contra el mutismo. Por lo tanto, hay que evitar todo encadenamiento a las emociones tristes que alimentan una vida afligida. El remordimiento, la envidia y la cólera envilecen al hombre y disminuyen la potencia de existir. Salvaguardar el Carnaval como manifiesto de vida es enarbolar la bandera de la alegría. ¡Que todos los corazones canten el himno del Carnaval!

Riosucio, enero de 2021

Translate »