La Multiplicación

Por: Samuel Aristizábal Botero
Escuela Normal Superior de Caldas

Después de una larga jornada de trabajo, el hombre abre la puerta, suelta su maletín en el primer lugar que encuentra, va a la cocina, abre la nevera, saca la jarra de jugo y se sirve un vaso. Arrastrado por el cansancio lentamente sube al segundo piso, parpadea con pesadez. Deja el vaso en la mesa de noche, se quita los zapatos, se cobija e inmediatamente cae en un sueño profundo y largo del que solo se despertará al otro día.

Se levanta un poco diferente, el pelo largo, los labios más rojos que de costumbre, caderas grandes. Siente un peso inusual colgando de su pecho. Sale corriendo hacia el baño y se toca todo el cuerpo. No se cree el cuento. ¡Es una mujer! 

Asustado y sorprendido solo atina a pensar que siendo mujer va a poder comprender lo enigmáticas que estas son. Sus llantos repentinos, los rechazos incomprensibles, el mal humor inexplicable. ¿Sería posible entender una mujer siendo una o acaso ellas también son incomprensibles para ellas mismas? En medio de sus reflexiones sonó su celular. Era un mensaje de texto.

«Princesa, te espero a medio día afuera de tu casa. Te invito a almorzar»

Asustado o asustada no sabía quién era el remitente, tampoco entendía por qué le decía princesa y, mucho menos, porque lo, o la había invitado a salir. Presumió que era su novio. ¡Qué horror! No sabía qué hacer, ni cómo reaccionar, pero sobre todo no sabía qué ropa ponerse. Entonces se dio cuenta de que ya no solo tenía el cuerpo de una mujer, sino que hablaba como mujer y pensaba como una. También se dio cuenta de que ya eran las 10:00 de la mañana y que solo le quedaban dos horas para arreglarse.

Cuando estaba ya lista, tocaron a su puerta, bajó las escaleras y se percató de que sabía manejar a la perfección los tacones Stiletto de 12 centímetros que usaba. Al abrir la puerta se encontró al hombre más feo del mundo o, mejor dicho, al más feo que ella hubiera visto. Sintió tranquilidad de que no le gustara. El hombre se le acercó para darle un beso en la boca, sin embargo, lo evitó moviendo la cara. Se enfadó. Pero como toda pelea entre un hombre y una mujer, salió perdiendo el hombre. Así la mujer fuera nueva en el oficio de ser mujer.

Finalmente, se fueron a almorzar.  Parecía que cada vez se habituaba más a su nuevo papel de mujer, porque cuando escuchó que le querían regalar unos zapatos, la alegría le llegó inmediatamente. Como era natural, después de recorrer toda la ciudad compró los que había visto en el primer almacén.

Cuando regresaron a casa, el hombre osó besarla. Esta vez no fue rechazado. La arrojó a la cama y la comenzó a amar, pero todo se vio interrumpido. El niño que había estado soñando toda la noche despertó sin recordar que había soñado que era un hombre que, a su vez, había soñado ser una mujer. Solo recordaba que tenía evaluación de matemáticas y que no sabía cómo multiplicar.

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