ELLA

Por: María Alejandra Granda Giraldo

(Escuela Normal Superior de Caldas)

Podía hacerlo y lo hice. Cuando escuché su desesperada voz, ya todo estaba jugado.

– ¡Simón, Simón! ¡Espera!

No quise detenerme, ya había tomado la decisión, ya no podía dudarlo más. Lo había meditado desde hacía mucho tiempo. La idea habitaba en mi cabeza ocupándose cada vez más de ella. Finalmente, se apoderó de mí por completo.

Pero ese plan de días y horas se transformó en segundos, en un solo instante. En este pequeño momento. Y este preciso segundo ha sido interrumpido por ella, la razón de todo, la culpable.

Su voz, esa voz dulce que cautivaba, que atrapaba. Esa voz que en la noche me leía poesía. Esa que en la oscuridad y el silencio me susurraba al oído, aquella que cantaba suaves melodías para mí, sigue llamándome a gritos tras esa puerta.

Tan solo su voz, o ella, hubieran podido detenerme, pero llegó tarde, ya no hay vuelta atrás. Mi mundo se congela. Frente a mí se amontonan los recuerdos. Allí estoy plasmado en papel, en un arsenal de hojas que rodean las paredes de mi habitación. Sus palabras en cartas, sus retratos a lápiz, sus fotografías.

Todavía puedo sentir su perfume en mi habitación, ese suave aroma que la caracteriza, ese olor que me atrae locamente como su mirada. Esa mirada penetrante, directa, con la cual escudriñaba toda mi alma. Sus ojos eran la muestra intacta de sus sentimientos, con una mirada me decía todo lo que yo no puedo expresar.

Ella, a la que le dediqué mi más sincero te amo, mi más apasionado beso, las caricias más suaves y mi poema preferido. Ahora está tras esa puerta pidiéndome que me detenga, pero no puedo.

Ella, a la que mis ojos contemplaban, mi cámara plasmaba y mis dedos retrataban. Yo, el cómplice de sus travesuras y el causante de sus risas. Éramos compañeros en la soledad. ¿Pero qué era yo para ella?

Ese tiempo que traté de convencerme de que no había sido mi amor más profundo, solo me apegaba más a ella, o más bien, a los recuerdos que viví junto a ella. Solo podía ver que la había amado con coraje, pero ya estaba sin ella. Me preguntaba por qué ella no había logrado ver mi profundo amor o, tal vez sí, solo que no le había dado importancia. Solo fui una compañía en los momentos de soledad y tristeza.

Ella se fue. Me dejó. Me olvidó. Morí en su corazón, pero en mí, ella sigue intacta, igual que mis sentimientos por ella.

Se fue, y ahora que vuelve a llamar a mi puerta, que quiere detenerme porque sabe lo que sucederá, ya es tarde. Sus fotografías, sus retratos, sus cartas, su perfume y yo, nos desvanecemos lentamente entre el fuego.

Translate »