La cuarentena de mano de Anna Frank

Por: Diana Franco

Con lo que va del 2020, cada uno ha podido vivir situaciones que en algún momento creyó irreal, una pandemia mundial más sus efectos colaterales no estaba en la agenda de más de uno, pero lo sucedido nos puso a prueba, sacó a relucir las mejores cualidades para adaptarnos y nuestra capacidad de resiliencia para aprender a manejar el distanciamiento social, los toques de queda, la cuarentena, la creatividad para sobreponernos a la pérdida de un empleo y el valor para aceptar una partida.

Sin embargo, hay gran cantidad de personas, si no es la mayoría, que viven con la idea de que el Covid es una invención o una pequeña gripa que solo está arruinando la vida social y obligándolos a vivir entre cuatro paredes. De igual forma, es casi inevitable que a la mente de uno no se vengan otros eventos de proporciones mundiales como la guerra, en especial la Segunda Guerra Mundial, donde muchos tuvieron que aprender a convivir detrás de los muros.

Cientos de personas aprendieron a adaptarse a las circunstancias, a vivir de la mejor forma, hace 76 años el primero de agosto, fue la última entrada realizada por Annelies Marie Frank, mejor conocida como Ana Frank, quien dejó un fiel registro de su vida en el encierro, su valioso diario, en donde hallamos fragmentos de sus sentimientos que expresan el terror de “sentirse oprimida, por el hecho de no salir nunca y tener miedo que los descubran y los terminen fusilando, de tener que andar en puntillas o hablar quedamente.”

Cada uno de sus escritos nos narra desde las absurdas prohibiciones a la que se vieron sometidos (solo por ser judíos): no poder usar el transporte público, de no acceder a ciertos locales y de ir marcados como si fueran ganado. Y finalmente, el encierro, que, así como ahora, volvió algunos insoportables en aquel tiempo.

Frank comenta como fue la vida en ese escondidijo junto con otras siete personas con personalidades totalmente diferentes, pasar la adolescencia siendo la ‘cabeza de turco’, como ella se solía autodenominar, sin la posibilidad de escapar por miedo a morir, como lo haría cualquier adolescente.

Aunque las vicisitudes de la guerra, se posaba sobre los integrantes del anexo como una guillotina que podía caer en cualquier momento para decapitarlos, cada uno de ellos decidió vivir de la mejor forma posible, continuar con su rutina, con su vida, haciendo uso de todos sus recursos y disfrutando cada momento, de la mejor forma posible: la música, los estudios y la risa no abandonaron el refugio.

Y es acá, donde saco a relucir esas similitudes que estamos viviendo: encerrados en nuestras casas, conviviendo sin poder compartir un abrazo, algunos sufriendo las penurias del rechazo ya sea por una enfermedad padecida o la profesión que desempeñan (personas recuperadas del Covid-19 o profesionales de la salud son marginados)

No obstante, aunque podría pasarme entre analogías en como los conflictos bélicos y la pandemia tienen sus puntos en común, sin restar la importancia que aconteció en aquellos eventos, vamos a tomarnos un momento para resaltar la vida de la jovencita que dejó un manuscrito, que vale la pena leer varias veces, para valorar todo lo que nos enseña Frank: apreciar esos pequeños detalles, a crear nuevos escenarios y ver la belleza en todo lo que nos rodea.

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